ShirleyLa entrada de Shirley, primero una sombra en la puerta y luego su cara frente a la mía, fue como sentir el agua de lluvia limpiando la empedrada callejuela que era mi despacho, un lugar olvidado de la mano de Dios que de vez en cuando visitaba un alma perdida insuflando algo de vida y dinero. Lo que me contaba era algo turbio: gángsters y un cantante tiroteado, su marido, mientras leía un extracto de un guion que aspiraba a protagonizar. "No hay problema, señorita, deje todo en mis manos" dije. ¿Qué otra cosa podía decir? Apunté todo lo que me pudiera servir de ayuda en el caso. Me adentraba de nuevo en el sórdido territorio que nunca supe, o pude, abandonar.
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